sábado, 20 de mayo de 2017

Julian Borao: Días pares e impares














El Fouar

La soledad se baña en la piscina
sola y transparente
en medio de la nada. La luz se va a lo alto
cuando tan solo un viento sigiloso
merodea en las dunas del oasis.
Una insólita queja se repite insistente
dando ritmo a una calma
que descansa en su hastío cotidiano.
Casi es blanca la tarde cuando se va despacio
bajo un cielo lechoso y azulado.
Se mastica la arena, se seca la mirada.
Hasta aquí hemos llegado,
cansados y admirados,
a contemplar exhaustos
el súbito silencio del desierto.


Exilio

Como quien llega a un mar que no conoce,
más allá de vestigios y de patrias,
y escucha, devastado, los suspiros – los suyos –
la realidad ahogada de su respiración,
como quien llega
a ciegas y sin guía hasta el atardecer
y abandona las huellas del camino.

Como quien nada sabe y se detiene
en medio de otra tierra para olvidar
aquello que dejó, las voces, las palabras,
las promesas, las horas,
y escucha,
solo, en la persistencia de vivir,
la agonía de un tiempo
que no le pertenece.


lunes, 15 de mayo de 2017

Julian Borao
















Julián Borao García (Bilbao, 1955) es Licenciado en Filosofía y Letras por la Universidad de Deusto (1977, Bilbao) y ha ejercido la docencia desde 1979 en diferentes etapas educativas, Secundaria, Adultos y Primaria, impartiendo Lengua y Literatura, Lengua Francesa y Geografía e Historia. Ha trabajado 18 años en plazas educativas del MEC en el Exterior (París, Ferney-Voltaire y Hendaya).
Escribe poesía desde la adolescencia y ha colaborado con sus poemas en revistas como Kantil (San Sebastián), Zurgai (Bilbao), Ámbito (Málaga) o Alkaid (Valladolid). En 2006 empezó a participar en foros poéticos en internet lo cual le hizo comenzar a compartir su poesía de una forma más abierta. Desde entonces, ha participado en diferentes antologías poéticas: Universos Diversos (Ed. Alaire, 2009), Las noches de LUPI en Portugalete (LUPI, 2012), Animales entre animales (Ed. Raspabook, 2014), Encuentros del mediterráneo (Playa de Ákaba, 2015), Poesía contra la represión (Raspabook, 2016) y Voces del Extremo (2017), entre otras. Ha  coordinado, seleccionado, corregido y prologado la antología Las noches de LUPI en Bilbao (LUPI, 2014). También ha prologado la novela Hijos del amanecer (Ed. Hades, 2011) de Asier Triguero y los poemarios 36 olas…, con resaca de Gonzalo Otamendi (Ed. Turandot, 2013), Déjame entrar de Monika Nude (Ed. Amargord, 2015) y 63 poemas…, a ciegas de Gonzalo Otamendi (Ed. Literarte, 2016). Por otro lado, ha editado un cuento infantil en la antología Juntos por un sueño (Ed. Tierra de nubes, 2015).
En la temporada 2009-2010 presentó un espacio de poesía en el programa de radio Popular, El club de los sentidos.
En junio de 2010, junto con el poeta Óscar Alberdi (1966-2011), creó las Noches Poèticas de Bilbao, evento poético musical que se desarrolla en bares y locales con el objetivo de difundir la poesía, presentar la obra de diferentes poetas y músicos, dar a conocer nuevos autores y desarrollar un espacio poético en los lugares donde se reúne la gente habitualmente. Las Noches Poèticas están registradas como marca mixta (nombre y logotipo) en Industria. En 2012, se creó la Asociación Artístico Cultural Noches Poéticas de la que es el actual Presidente. Noches Poéticas ha organizado en tres ocasiones encuentros de poetas de toda España en Bilbao. Al mismo tiempo, Noches Poéticas ha creado el Concurso de Poesía Noches Poéticas Bilbao cuya tercera edición se ha convocado en 2017. Se ha organizado también alguna Noche Poética fuera de Bilbao (Almería, Madrid, Soria, Vitoria, Hondarribia y Barakaldo). Coordina y corrige la Colección Noches Poéticas, editada por LUPI, que hasta el momento lleva editados cuatro títulos.
Colabora habitualmente en eventos poéticos y en presentaciones literarias. Ha organizado mensualmente, junto con los poetas Gonzalo Otamendi y Julio González Alonso, la velada denominada la Cámara Poética, en la librería Cámara de Bilbao. Ha participado en los encuentros poéticos Agosto Clandestino, Encuentros de las letras y las Artes del Mediterráneo, Edita Nómada, Voces del Extremo y Ártemis, entre otros. 
Ha publicado en solitario Cuestión de suerte (Ediciones Vitruvio, Madrid, 2015), prologado por Katy Parra, Días pares e impares (LUPI, Sestao, 2016), prologado por el poeta y cantautor Marwan y Todo pasa por algo (Ediciones Vitruvio, Madrid, 2017), prologado por el poeta José Elgarresta.





NUESTRO DOMINIO


Quizás los animales sean el solo origen
que implique a lo terrestre
mas no podamos verlo,
quizás sea su equilibrio lo que desequilibre
la humanamente humana disciplina,
quizás bestias y plantas se dejen dominar
para lograr mostrarnos que somos los intrusos
en la naturaleza cósmica del aire.

Tal vez esta insistencia de exterminio,
este dolor terrible que infligimos
a nuestros prescindibles compañeros
sea solo una prueba de nuestra incompetencia,
de nuestra irracional oscuridad pensante
que quiere comprender y no comprende
el esencial proyecto de vivir.

Quizás los animales esperen muy pacientes
volver a su silencio, volver a su latido libertario,
que llegue ese momento de ritmos asumidos
por un mundo apartado de nosotros,
señores de la vida,
y aspiren a estar solos algún día.

Que nos duerma el letargo
de nuestra ineptitud.
Y que nuestro dominio
se extinga para siempre.


(De “Animales entre animales”, Editorial Raspabook, 2014)




GÖTEBORG (1975)

A Bilillo, compañero de un sueño.

Quedarse en el andén tímidamente
y esperar que a lo lejos parta el tren
mientras que el sol caía como a plomo
en un verano sueco inusitado.

Quedarse en la estación, en el umbral
de la Central Station solos solos
cogidos de la mano para partir
camino del tranvía.

Quedarse
quedarse en la ciudad, en los canales diarios
vagando por las calles como intrusos,
Kungsgatan, Vattugatan, Masthuggstorget,
cotidianas aceras, jardines cotidianos
de Kungsparken, arbolados jardines
que filtraban la luz entre las ramas.

Quedarse en los adioses, en los gestos,
después de las cervezas y el hachís,
acumulando días y experiencias
que nos dejaron ciegos y anhelantes.

Quedarse en melodías
de Carole King, Bob Dylan o Pink Floyd,
sonando en un casette por las mañanas
de la ventana abierta a la ciudad.

Quedarse en los amigos,
amigos rutinarios, casuales, ocurrentes,
amigos del momento compartido,
de los pisos vacíos, I’m looking for a job,
de la vieja guitarra y las canciones
del blues de medianoche de las noches azules…

Cabalgan los instantes, nos persiguen
en albas fotográficas de angustia,
inútiles, confusas, lunáticas secuencias
de la luna, palabras como aullidos
de amaneceres largos y festivos.

Cabalgan y se van con el reloj del tiempo
los corazones idos, los gozos y los días,
los oscuros minutos de unas calles distantes,
las olas apagadas de un raro Mar del Norte
amanecido,
la interminable luz de tantas horas nuevas
que alumbra la nostalgia malherida.

Como si en la memoria hubiera despedidas
más áridas y frías, más perdidas incluso
que las de aquel andén definitivo.




RUE DES BOULETS, RUE DE MONTREUIL

A Chelo


De los escasos datos
que el devenir mantiene
como una simple anécdota confusa
apenas recupero algún detalle
de aquella primavera.
Tal vez el verde oscuro de los árboles.
La espera casi inútil
junto a una carretera nacional
que hubimos de dejar
al norte de Poitiers
y la estación vacía,
o el crepúsculo lánguido
de un domingo francés
de por sí desolado
y provinciano.
Casi apenas escucho
las gotas de la lluvia cotidiana,
el discurrir del tren,
nuestras palabras
camino de un París
de gris amanecida.

De entre las pocas cosas
que me quedan
apenas ya recuerdo
ciertos días oscuros
en calles invisibles,
cierto amor inexperto,
del todo ciego
y preso de sí mismo
en la pálida luz
de un viejo apartamento parisino.
Apenas reconstruyo sensaciones
-el perfume del metro, por ejemplo-,
secuencias incompletas
de una historia pretérita y pareja
que transcurrió viajando
a nuestro lado
como una bella y torpe compañera.





AFGANISTÁN

A Ángel Petisme


No fue casualidad la que movió al viajero
a recorrer las rutas de la seda
y a atravesar sus valles, sus montañas y estepas,
caminos polvorientos y altos desfiladeros,
dormitando despierto a la intemperie
o en cuevas extraviadas
huyendo del envite de la muerte.
Son harto conocidas las razones.
Alejandro también surcó estas tierras al frente de sus tropas
resuelto a la conquista de este mundo oriental
abandonado siempre por sus dioses.

Aunque tal vez perduren
las antiguas recetas de olvidados doctores
-acaso las doctrinas del viejo Zoroastro-,
quizás en lo profundo del desierto,
en las salas ocultas de templos enterrados
como sombras disueltas por el viento
o en los altos lugares de Ghorid,
en la “terra incognita” que esconde la metrópoli,
la perdida Firozkuh de la Montaña Púrpura
que ya nadie conoce.

Y es que hoy igual que ayer,
algo han venido a hacer estos viajeros,
se nota en sus miradas.
Cuesta reconocerlo pero es cierto:
no cumplen los acuerdos,
ostentan sus costumbres,
se adueñan de las gentes
desperdigando miedo y destrucción.
La guerra y sus tormentas algo han roto,
desorientado pueblos
que han dejado su huella por todos los paisajes
de esta tierra arrasada
que un día fue llamada Yaghistán,
de esta tierra rebelde de espíritu insumiso,
de nuevo sorprendida
por el dolor sin tregua
que propagó su llanto milenario.

El enemigo es fuerte,
desprecia las heridas de los pueblos vencidos
y odia su lengua bárbara
la lengua que ha de hablarse en los infiernos”,
pensaron,
aunque en ella escribieran
para expresar su amor y sus poemas.

Nuristanís, hazaras, tayikos, turcomanos,
uzbekos o pashtunes,
todos son denostados
por fríos generales nativos o foráneos
que trazan los designios de un orden superior.

Cruel ha sido la historia
mas cierto es su decurso desgraciado.

El humo casi roza los límites del cielo,
los condenados viven mirando hacia lo alto,
las calles se desprenden de perfumes y hedores,
del odio y la metralla cotidianos.

Mas algo hay más allá,
provincias fronterizas pobladas
por idólatras de dioses ignorados,
altivos descendientes de antiguos invasores,
erosionadas ruinas,
lejanas cordilleras de insólita belleza,
caminos ancestrales de más nobles viajeros,
la paz de atardeceres sin memoria,
la neblina imposible que envuelve las llanuras
vibrando en solitario despertar.

Y no este tenso ambiente,
esta amarga mirada del soldado
que apunta con su rifle
mientras grita su miedo
en una sucia calle de Kabul
de noche ante las puertas del infierno.



SOBREVOLANDO


De repente las nubes,
su algodonado manto,
su vacío total contorsionista
cubre el bazar errante de los días.
Todo queda vencido a los contrastes
al contemplar la luz atardecida
desde otro firmamento,
como si de su blanco resplandor
la nieve
que de la tarde azul de este diciembre
nace
me cediera su blanca levedad.

De repente las nubes,
su inevitable albor sobrevolando
y yo mismo pensando
ante el cristal,
evocando y sintiendo
la brevedad de un viaje de ida y vuelta,
cuando las horas pulsan
su flexibilidad desordenada.

Y es ahora que comprendo.

Viajo a merced de un dios omnipresente
sin modelar su tránsito
ni apaciguar sus ansias,
miro accidentalmente hacia el poniente
y una inquietud celebra esa distancia
que me impone la vida poco a poco,
-cada vez más despacio-,
como si no acertara a perfilar
los límites del cielo y de la tierra.

Y en ellos me introduzco
recordando cómo es que sucedió
mientras descubro que hoy nada ha pasado.


(De “Cuestión de suerte” Ediciones Vitruvio, 2015)




Disculpen las molestias


Disculpen las molestias, de verdad,
disculpen las molestias, no es que
nos interese su opinión demasiado
pero sí nos importa mantener cortesías
que el sistema nos pide respetar
y por eso, disculpen las molestias
si cercamos la calle, si la agujereamos,
si, tal vez, obligamos a caminar distinto,
si hacemos mucho ruido, si no
les permitimos que piensen otras cosas,
si apagamos las luces, si cambiamos horarios,
incluso si se quedan sin servicios
disculpen las molestias, sí, discúlpennos.

Y si no nos disculpan, en realidad da igual,
nosotros a lo nuestro, nos importa una mierda
si estamos molestando, pero eso sí:
disculpen las molestias que les ocasionamos.



23 F

Una noche de invierno,
abrigado en la llama del sexo adolescente
rompí mi castidad entre sus piernas.
Señalamos la fecha
que durante unos años
fue el cómplice secreto
de nuestro calendario personal,
sólo en la intimidad,
un número, sin más, del mes más corto.

Luego llegó Tejero, no sé si lo hizo adrede,
tengo serias sospechas
de que tomó el Congreso para joderme el día
y la celebración.



Desatención selectiva


Esta extraña costumbre
de mirar y observar las historias
cómodamente anclados al sofá
mientras que todo pasa más allá,
a otro lado de ti, tras la pantalla.
No hay nada que nos libre
de esta rara tendencia
de contemplar sin ser protagonistas.
Esta frecuencia extraña
de ver escenas tristes de vidas inventadas
y sentir la empatía de lo que no sucede
y lo sabemos, o ésa que nos acecha
de aquello que sucede realmente
pero no nos incumbe.
Lo más sencillo es darle a otro botón
que nos lleve a un canal
en el que nada cueste asimilar,
cómodamente anclados al sofá,
que somos solamente espectadores
y que podemos apagar el mundo
con un sencillo gesto del pulgar.



Hablando


Hemos estado hablando
colgados de las horas y el ahora,
del tiempo del amor, del desamor,
del sol entre las cejas, del agua entre las piernas,
de lo que no pasó ni pasará, de los días y noches
con los párpados rotos y las manos heladas.
Hemos estado hablando solos, solos, sin más,
frente a la insensatez de este desorden
que se va apoderando del instante.
Y hemos visto a la gente soportando el invierno
bajo la luz austera de una mañana azul.
Y ha sonado la música
que ha insistido en compases de nostalgia
acomodada al fondo de una conversación.
Hemos estado hablando
tomando una cerveza y un pincho de jamón
y girando y girando igual que siempre
como inquietas peonzas de un enigma.



Olvidos


Siempre te olvidas algo, los pendientes
donde te los quitaste, un collar
que ni recordarás haber traído,
un anillo, tal vez, o dos anillos
huyendo de tus dedos fugitivos;
a menudo te olvidas el tabaco,
por la premeditada obstinación
de no querer fumar cuando estás sola,
y el mechero también sobre la mesa;
siempre te olvidas algo cuando marchas,
un cinturón que, por decorativo, no te falta,
el paraguas también, por si la lluvia,
o las bragas al fondo de las sábanas.
Te olvidas ciertas cosas que no siempre
te son imprescindibles y un rastro de tu paso
se queda entre mis cosas
como por un azar diseminadas, quizás
como pretexto para poder volver;
mas yo, que no te olvido,
hago de esos olvidos permanencia
y encuentro en los objetos que te dejas
el regalo casual de tu sonrisa.


(De “Días pares e impares”, LUPI, 2016)



MAULLIDOS FANTASMAS

A Katy Parra


Hoy he oído a los gatos deshacer sus maullidos
en los restos del agua que la noche ha dejado
en las aceras.
Chapoteos desnudos, devaneos lejanos,
sus siluetas oscuras semejaban fantasmas
divagando en las horas de las sombras.
Elegantes mendigos de la luna
que cantaban a solas en la ciudad dormida,
solitarios bandidos del silencio
que robaron los sueños a las calles y plazas
de manera fugaz.

Y he quedado despierto en su concierto
convocando lo eterno del instante,
dibujando piruetas
en el aire nocturno
que me impulsaba al suelo,
apretando los puños para caer de pie
y amanecer sin tiempo
en los rincones húmedos del tiempo.

Y he vuelto a reencarnarme.

Hoy he visto a los gatos escapar de la luz
bajo la lluvia
y he saltado con ellos
y me he vuelto felino
de una vida casual y clandestina.



LADRONES DE HORIZONTES


Recuerdo algunos días,
no puedo definirlos con mucha exactitud
mas los recuerdo ahora
mientras estoy sentado
junto al eco de los trenes que pasan
y el valor se estremece como una rama trémula en otoño.

Llegábamos despacio, improvisando a veces,
mirando a todas partes,
creyendo ser anónimos
surcando los caminos y pendientes
de lugares esquivos
fugitivos del viento y las colinas,
ocultos a la vista del aire delator que nos guiaba.

Mirábamos a ciegas
sin conocer el ritmo de las horas ni sus ocupaciones
y ascendíamos siempre,
-con determinación más con cautela-,
por árboles previstos
aunque nunca los mismos
para evitar mostrar nuestras costumbres.


Desde arriba
como una panorámica de nuevos territorios
se mostraba de pronto entre las hojas
y probábamos frutos con miedo y con fruición
bajo el frecuente sol del mediodía
o ante la luna llena de ocasiones.

No había más opciones
-aunque ni lo supiéramos-,
era nuestra misión estar allí,
evitar ser oídos y no ser capturados
por extraños guardianes del hastío,
tomar las recompensas
sorteando el peligro apresurado,
quedarnos en la altura robando el horizonte,
saber que no hay dilemas
cuando el destino empuja hacia adelante,
desafiar, al fin, la incertidumbre
de ser feliz sin plazos un instante,
cumplido el objetivo
de frecuentar la dicha de vivir.



ITÁLICA

Casi ya nada queda.
Todo el tiempo ha barrido
con su implacable furia destructora.
Casi vuelve la tierra a su primera imagen despoblada.
Si no fuera por este intento vano
de mantener la huella que nos hizo,
todo el lugar sería sólo pasto perdido
de la habitual mudanza, de su olvido;
el calor del verano la piedra abrasaría,
y la lluvia otoñal con lentitud paciente
la quebraría lenta, lentamente,
y el viento del invierno soplaría en la nada
a que su forma tiende siglo a siglo.
Tan sólo en primavera, como efímera gloria
de los ciclos que buscan su orgulloso retorno,
vestiría las galas que Venus, generosa,
desparrama en su instante por doquier
y entonces, sorprendido, alguno creería
que es la vida que vuelve disfrazada,
engañosa, y que un dedo divino
deslumbrara a la muerte
que inevitablemente arrasa la memoria.

Casi no queda nada
pero queda la ausente permanencia
de aquello que ha vivido,
la desolada evolución perversa de las cosas,
la silenciosa ruina,
la agonía.

Y es a ella a quien todo se encamina
mientras con mudo resplandor
se abre paso este sol, se enciende sin piedad
este astro nuevo
en las calzadas
que hacia ninguna parte se dirigen ahora,
quizás hacia la paz de la llanura
o hacia la rota imagen de Trajano
que aún vela la penuria
de quienes no demandan ya su protección.
Es a ti a quien imploro,
es a ti a quien pregunto, Marco Ulpio Trajano.
¿Has querido ignorar lo que has perdido?
¿Debo ahora imaginar el gesto
que se oculta tras tu rostro sin vida?

Déjame ser tu guía,
deja que este mortal te hable quedo y alerte
la frágil calidad que fracturó tus ojos y tu oído
para que la cambiante permanencia
del mundo sea cierta.
¿No notas esa brisa que es la misma de entonces?
¿No acaricia tu cuerpo la suave melodía
de este áureo mediodía en tu ciudad?
Aproxímate a mí,
sentémonos debajo de un ciprés
e imagina que estamos con dos copas de vino
junto al rumor del agua que brota de la fuente
del amplio peristilo.
Luego mira en tu torno la acción de las centurias
y hablemos de la vida.

He visto entre la luz y entre la sombra
lo que tu pueblo alzara,
me he sentado en las gradas rugosas y vacías
a contemplar la ingrata destrucción de un imperio
agotado, la arena socavada,
los muros casi extintos, la penumbra
desnuda de cada galería.

Como si fuera soplo descubierto en el aire
de la inquieta mañana
me ha parecido aún sentir el roce
de Diana cazadora, cual diosa esplendorosa,
recorriendo campiñas
en el despertar súbito del mágico estatismo
de su efigie dormida
(quizás Isis también viva en su hechizo).

Pero tú no despiertes,
permanece.
Yo también seré ausencia
que ya nadie demande,
la misma que percibo en la lejana
y tibia indiferencia
de este cálido viento que adormece las ruinas,
como si hombres y dioses
se rindiesen al sino de su breve momento embriagador.



ACASO

Acaso una palabra, acaso un nombre,
acaso torrentera desatada
que encuentro al descubierto, una mirada
buscando el enunciado que me asombre.

Acaso la canción que canta el hombre
de un tiempo inmemorial, la voz amada
que yace en la penumbra descuidada
y alude ocasional a su pronombre.

Acaso la memoria, la traición
del incunable texto y de su olvido,
lo frágil de la humana condición,
la absurda vanidad de este sentido
que envuelve la fugaz resurrección
del vívido fulgor de lo que ha sido.



TODO PASA POR ALGO

Nada es cuestión de suerte, tú mismo
has decidido que fortuna o desgracia
te acompañen alternativamente.

Todo pasa por algo, acaso por un algo
que no sabes sumado a lo que vives
día a día, tal vez por las acciones que
involuntariamente, crees, te obligaron
a hacer, tal vez por la presión de decisiones
de cuyas consecuencias no supiste
encontrar la medida, quizás por la ignorancia
de que no eres tú sólo quien actúa.
Decidir o no hacerlo también
pasan por algo, siempre hay una razón
de causa-efecto que hace
que la fortuna sea adversa o favorable.

Todo pasa por algo desde el mismo
momento en que naciste, el círculo
vital del ser y la existencia, el engranaje
que une la vida con la muerte, el eterno
retorno que fluye en la corriente
de toda la materia universal
de la que no podrás desentenderte
culpando a los demás de tu desdicha.

Si ahuyentas el camino
no podrás comprender
que está en ti mismo.




(De “Todo pasa por algo”, Ediciones Vitruvio, 2017)